domingo, 30 de octubre de 2016

La leyenda de La Llorona



En México e incluso algunos sitios de Sudamérica existe una leyenda muy popular, sobre una mujer que por las noches aparece vestida de blanco y se le escucha gritar - ¡Hay mis hijos! -
Y en honor a las tradiciones mexicanas en el marco del “Día de Muertos”, les dejaré la versión azteca de la clásica leyenda de La Llorona.
 

Había una mujer muy bella a la que todos los hombres pretendían, tanto guerreros como tlatoanis y pochtecas. Tenía el cabello largo, brillante y negro, como la noche oscura, y lo sujetaba sobre su frente con una delgada tira de piel. Era feliz e inocente, su nombre era Omexóchitl (Flor del atardecer).
Y aunque grandes señores ricos y poderosos pretendían desposarla, ella estaba enamorada de un apuesto tameme (cargador), que continuamente salía de viaje al servicio de algún rico.
Zócatl, el amado de Omexóchitl tenía pocas ocasiones para ver a su amada, pero los dioses siempre ayudan a los enamorados cuando el sentimiento es puro, y a escondidas los jóvenes se encontraban en algún lugar donde pudieran intercambiar caricias y palabras. Al parecer todos desconocían la relación, pues los jóvenes se internaban en el bosque sin temor alguno, sólo con el deseo de amarse.
Durante el tiempo en que Zócatl estaba de viaje, la pobre Omexóchitl era una sombra que vagaba como si no tuviera fuerzas para vivir. Sólo las mujeres ancianas parecían adivinar su secreto, pero nada decían pues ellas conocían las manifestaciones de Meztli la luna, en la vida de las mujeres, desde que el primer sangrado aparecía en las niñas hasta que se interrumpía por el amor, como sucedió en este caso, pues Meztli hizo que la semilla que el tameme había depositado dentro de su cuerpo germinara.
Flor de atardecer se puso aún más bella, su cuerpo adquirió redondeces que la hacían más deseable a los hombres, y ante la insistencia de un guerrero le fue concedida en matrimonio. Pero desde el primer contacto íntimo el guerrero supo que el chitoli de Flor de atardecer había sido roto lunas atrás, pero su orgullo lo hizo callar y llevó a su mujer a un sitio alejado. 
En cuanto el pequeño fruto nació lo arrojó a la corriente de un río caudaloso. Flor de atardecer enloqueció y desgreñada con su blanco huipil flotando al viento, se dio a la tarea de recorrer la ribera de los ríos buscando inútilmente al fruto de su amor.
-  ¡Ay! ¡Ay! - gritaba – mi pequeño hijo, ¿dónde estás? - 

Dicen que así gritaba y nadie supo en qué momento marchó al Mictlan, pues aseguran que se niega a hacerlo. Y cuando Meztli está llena y blanca, hay quienes ven flotar a la mujer sobre las aguas de algún río, siempre con su eterno - ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! – 

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